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Nov 08 2018

México es un país fácil de amar (y esa es su maldición)

GarciaPimentel

A LAS COSAS POR SU NOMBRE/Francisco García Pimentel

México es un país fácil de amar. Como pocos, reúne las virtudes explícitas de una gran hechicera: la gloriosa explosión a los sentidos, la belleza arrebatadora, la poesía melódica, la hospitalidad inmediata. Es una sobremesa de domingo; una familia por las mañanas; un concierto de colibríes.

Sí. México es un país fácil de amar.

Sus virtudes no se limitan, como algunos pretenden afirmar, a los dones naturales (a las playas suaves, los altos bosques, las exuberantes selvas, inmensos lagos o violentos volcanes), sino que se expanden a la curiosa cultura que se ha desarrollado a través de siglos: siempre dispuesta a lo nuevo, pero anclada en lo eterno; que conecta muy bien los extremos de la vida: la vida y la muerte, el suelo y el cielo, la tragedia y el humor. México enamora siempre porque nunca muestra todo; porque siempre esconde algo tras un abanico de dos mil colores.

México es un país fácil de amar; pero ¿podremos amarlo cuando sea difícil hacerlo?

Cualquiera puede amar lo que es muy amable ¿Qué virtud hay en ello? Amar a México por sus playas y sus bosques es sencillo y casi inevitable. Es un patriotismo a posteriori: amo a México porque México es genial. Diría Quico: ¿así qué chiste?

Lo verdaderamente difícil –nuestro reto ahora mismo- es amar no al México que es, sino al que no es; al que puede ser. Amar a México no por sus bondades, que abundan, sino a pesar de sus dolores, que hoy se multiplican. Amar a una esposa joven, bella y encantadora, es fácil. Lo difícil es amarla cuando todo le duele y cuando está de malas. Pero al mismo tiempo, solo esto puede llamarse verdaderamente amor.

Dice Chesterton: Roma no fue amada porque fuera grande; sino que fue grande precisamente porque fue amada cuando era pequeña. Porque un puñado de personas decidió amar a un cúmulo de colinas yertas lo suficiente como para embellecerlas hasta el punto de la gloria. La amaron cuando no era nada; cuando era suciedad y pobreza; cuando era desorden y guerra. Y ese amor dio forma y grandeza a lo que antes no era sino caos y barbarie.

México tiene una maldición: la maldición de la abundancia. ¿No es a veces nuestro amor por México apenas el amor orgánico de un perro bien alimentado? El amor animal por el sol y los mangos y la siesta. No: no deseo la crisis; pero si ha de venir, que venga para encontrarse con una raza distinta de mexicanos: aquellos que aman a su patria en las buenas y en las malas; por lo que es y también por lo que será. Es decir: por lo que puede ser si decidimos hacer de ella algo que merezca ser admirado, y que pueda mirar hacia atrás las crisis, apenas como piedras y aún más: como escalones.

Como el mal marido, cuando damos por sentadas las cosas, dejamos de luchar por ellas. Nos acostumbramos a vivir en el mejor país del planeta (de eso siempre he estado convencido) y ahora

tendremos que reconstruir el rostro de aquello que amamos; con la misma paciencia, entrega y valentía. No es momento de abandono, sino de amor del bueno.

¿Podemos construir mientras otros destruyen? ¿Mantener la calma cuando todos la han perdido? ¿No ensuciar ni corromper cuando todos parecen hacerlo? ¿Podemos amar a México cuando nadie nos ve? Este carácter es una pobre semilla, pero es la única semilla posible.

México es un país fácil de amar. ¿Podremos amarlo cuando sea difícil hacerlo? En ello, quizás, nos juguemos su presente y su futuro.

Director General de DiezLetras Comunica

@franciscogpr

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