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Jul 19 2018

Felicidades, pero ya párenle, ¿no?

GarciaPimentelA LAS COSAS POR SU NOMBRE/Francisco García Pimentel

“Felicidades, pero ya párenle ¿no?” fue lo que una amable señora que vive en mi edificio le arrojó a mi mujer, sonrisa en ristre, al darse cuenta de que estaba embarazada de la que será (ya es) nuestra cuarta hija.

Mi esposa se quedó (¿y cómo no?) pasmada y sorprendida por unos segundos, con un corto circuito en el cerebro, al recibir esa felicitación condicionada; ese apretón de manos con toque eléctrico; ese abrazo con palmadita. Como no es la primera vez que pasa, supo qué contestar.

* Estamos felices con tres, con cuatro y con los que vengan. Queremos a todos nuestros hijos. Usted ¿tiene hijos?

* Sí ¡tengo siete!

Silencio incómodo. Para computar esa cantidad de variables se requiere una calculadora científica, de esas que luego cambian a radianes y te arruinan el examen.

* Y… ¿se arrepiente de sus siete hijos?

* ¡No, para nada! A mis hijos no los cambio por nada.

Nueva computación.

* Bueno, pues yo tampoco.

Saludos, saludos, sonrisas, sonrisas y un adiós apresurado (cuando uno tiene tres en la mano y uno en el vientre casi todo es apresurado).

Más tarde, cuando mi esposa me hizo crónica del evento, su calculadora seguía en radianes. No sabía si reír, llorar, deprimirse, tener ocho hijos o dejar de tenerlos por completo. Sus puños temblaban, igual que su labio inferior.

Son los síntomas de las palabras que se pensaron y no se dijeron. Porque ella, como muchas que conozco, tiene bien ensayada la respuesta a esta invasiva (pero constante) pregunta. Si no la tuviera ensayada; si dijera lo que le sale del corazón en ese momento, entonces este sería un artículo muy distinto, con un título como “Señora desmayada en el elevador. Sus siete hijos investigan. ” O “Cómo quitar esa fórmula láctea del pelo en tres pasos sencillos”. Pero mi mujer fue civil, se tragó su orgullo y contestó con prudencia lo que se preguntó sin ésta.

No es tema para enojarse, desde luego. Hasta ahora, el 100% de las personas que nos han hecho algún comentario similar lo han hecho porque creen darnos un consejo para nuestro propio bien. No lo hacen por ofender, sino por ayudar; ni lo dicen por algún sentido desviado de valor ecológico o estadístico, sino por nosotros, por nuestro futuro; porque han oído (o vivido) los costos humanos de una familia numerosa: los desvelos, las preocupaciones y los afanes de cada día.

Y lo peor (o lo mejor) es que no hay defensa real ante esa idea. Todos esos costos son muy reales, muy cotidianos y muy agotadores. Nosotros tendremos cuatro; pero hay muchos que tienen muchos más. Y la realidad es inescapable: tener una familia numerosa es un reto apabullante, que implica destruir y reinventar muchas de las cosas que uno sabe o cree saber; que significa entender el valor del caos y la providencia; que implica la noción cósmica de que uno no puede controlarlo todo; que abre la puerta a la sabiduría de las generaciones; que abraza la noción de la libertad y el amor; y que pone a prueba la capacidad de uno para ver (y cantar) Frozen mas de diecisiete veces por semana.

Es más que una fiesta; es algo mejor: es una réplica en pequeño de la humanidad entera, en donde cada quien es completamente distinto. De esa riqueza nacen la creatividad, la solidaridad y la tolerancia. No hay mejor escuela para la vida.

Veo gente que igual se desvela, se desmañana, se rompe y se levanta para alcanzar sus propias metas: para ganar un maratón, para poner un negocio, para escalar una montaña, por recibir una medalla. Todas esas cosas son brillantes y dignas, y son decisiones bien tomadas. Esta es nuestra montaña y esta es nuestra decisión de vida: hemos elegido pasarla un poquito mal, para vivir la vida mucho mejor.

Yo agradezco, de corazón, a las personas que se preocupan. Incluso a las que nos miran con lástima, como si nos hubieran salido cuatro sin querer; o con enojo, como si estuviéramos robando oxígeno; o con indignación, como si ellos fueran a pagar las colegiaturas. Estoy seguro que no somos los primeros (ni seremos los últimos) a quienes ha pasado esto. Y sé que uno a veces se siente solo.

Si te ha pasado, te lo digo: no estás solo. De cualquier manera, esa soledad dura poco. Porque en una familia de éstas nunca hay tiempo de estar solo, ni aburrido, ni demasiado ensimismado. Tampoco hay tiempo por hoy –ya ves cómo es esto- de escribir más renglones. Atención: la función de Frozen ya está por comenzar.

Director General de DiezLetras Comunica

@franciscogpr

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