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Sep 11 2017

Las alianzas del poder

CESAR-NUEVA

RESTAURACIÓN/César Ruvalcaba

Hace unos días, el PAN, el PRD y MC anunciaron una curiosa suerte de alianza estratégica de cara al proceso electoral de 2018: el Frente Ciudadano por México. Tal cual.

Los partidos que suponen representar a la derecha y a la izquierda política, se unen con el propósito claro y contundente de “echar” al PRI de Los Pinos.

Dejando a un lado la contradicción programática que este tipo de alianza consigna en su propia naturaleza, esta situación sugiere un buen pretexto para realizar una pequeña reflexión de la utilidad y función histórica que han tenido los proyectos de coalición o alianzas políticas en la democracia moderna.

Cuando se escucha hablar de alianzas políticas o gobiernos de coalición, lo primero que podemos pensar es en grandes acuerdos para impulsar proyectos, transformaciones y estabilidad en la política nacional.

Sin embargo, el análisis histórico nos muestra que las grandes coaliciones en el mundo moderno han tenido una función de conservación del status quo, de preservación de las élites dominantes.

Desde los grandes conflictos revolucionarios del siglo pasado, la revolución alemana que introdujo la República de Weimar, las conflagraciones posteriores a la primera y segunda guerra mundial, la transición democrática en España e incluso nuestra revolución de 1910 o la transición política a la alternancia en el año 2000, nos muestran que muchas veces las alianzas que ocurren en los momentos de crisis nacionales no sirven para transformar las cosas sino precisamente para su contrario.

Las grandes coaliciones de los gobiernos se han instituido históricamente para preservar el poder existente, para mantener los privilegios de los grupos de poder.

Es una estrategia de asimilación y cooptación de la oposición a partir de prebendas y concesiones poco significativas a un costo muy alto: frenar la lucha por imponer un proyecto alternativo.

Si observamos con detenimiento los ejemplos de las guerras, los conflictos y las transiciones que evolucionaron en “coaliciones” para restablecer el orden y preservar el mismo poder bajo formas nuevas, podemos comprender su utilidad para neutralizar el contraste de proyectos y erosionar la capacidad de la sociedad para posicionarse ideológicamente.

Y son, en último caso, contraintuitivas de la política. La política es contradicción, conflicto y alternativas en disputa, no consensos absolutos. Las coaliciones suelen ser un narcótico contra la transformación; una forma de ralentizar los cambios de fondo.

Las verdaderas élites de poder han sabido apropiarse de los modelos democráticos para promover la competencia entre visiones distintas pero dentro del mismo sistema. Una especie de sustitución de liderazgos y representantes sin vulnerar el proyecto de fondo.

En ese sentido, la ideología desaparece, el antagonismo se diluye y la política se percibe insípida, mecánica e inútil. Al final, gane quien gane, el resultado es el mismo.

Detrás del anuncio de la constitución del frente amplio en México, así como de la propuesta que ha sugerido Manlio Fabio Beltrones por un gran gobierno de coalición, valdría la pena intentar “leer” que intención subyace.

Nuestro país necesita discutir un nuevo proyecto de Estado, una transformación social que combata todo tipo de desigualdad.

Habrá que cuidar que esta discusión necesaria no termine convirtiéndose en un monólogo de los de siempre con nuevo formato.

Profesor investigador de la U de G

@Cesar_Ruvalcava

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