Las encuestas, ¿indican quién va a ganar?

PUNTO CRÍTICO/Gabriel Torres Espinoza

Una encuesta es, apenas, un estudio estadístico de aproximación a la realidad. Sus resultados dependen de muchos factores metodológicos.

Ninguna encuesta mide el comportamiento futuro, ni deben leerse como estudios de prospectiva [que también los hay, pero son más complejos y menos comunes].

En efecto, varias encuestas, analizadas en perspectiva, ayudan a advertir tendencias.

De forma que hoy, ‘pintar en las encuestas’ resulta de supervivencia para los aspirantes a un cargo de elección popular, puesto que invitan a que los verdaderos decisores los consideren cuando distribuyen las candidaturas ‘bajo el principio de rentabilidad electoral’.

Llegamos al absurdo de decidir dirigentes de partido o candidatos, a través de encuestas. El entuerto en Morena es, precisamente debido a ello.

Este modelo apuntala la oligarquización de los partidos, es decir, el empoderamiento de los grupos de poder que dominan las dirigencias. Recordemos que el mundo entero se sorprendió cuando en Estados Unidos, un ciudadano afroamericano consiguió -contra todos los pronósticos de las encuestas- la candidatura de su partido a la presidencia de la República.

Contra todo el ‘establishment’, Barack Obama pudo ganarle las primarias a Hillary Clinton, que provenía de una influyente familia política de Estados Unidos. Ya en la elección constitucional, Obama ganó frente al poder de la familia Bush y su candidato republicano Mackein.

Todo pudo ocurrir en nuestro vecino país debido a que sus elecciones son competitivas y un ciudadano con liderazgo, buen discurso e ideas, tiene efectivamente la posibilidad de acceder al poder a través de la candidatura que democráticamente obtuvo del partido político de su preferencia.

El acceso al poder debería estar garantizado mediante la democracia interna de los partidos políticos. Obama fue vivo ejemplo de ello.

Si las encuestas indicaran siempre lo que va a ocurrir en el futuro (si fueran estudios de prospectiva y no de retrospectiva), Felipe Calderón debió declinar en los primeros meses de su campaña presidencial; pues entonces, todas las encuestas favorecían a López Obrador.

Arturo Zamora, quien siempre fue el favorito de todas las encuestas publicadas, debió ser gobernador de Jalisco, en vez de Emilio González. Bajo la misma lógica, Jorge Arana hubiese sido presidente de Guadalajara, pues llegó a sacar al PAN más de 20 puntos porcentuales de ventaja en las encuestas.

Incluso, Enrique Alfaro, el favorito de las encuestas en su momento, hubiese sido presidente municipal de Tlajomulco, desde la primera ocasión que compitió por el PRI (2003), debido a la amplia ventaja que entonces le concedían las encuestas.

Hillary Clinton sería presidenta de Estados Unidos, y no Trump.

El movimiento ”Podemos” habría desbancado al PSOE en el parlamento español, y el Brexit británico hubiese resultado un sí, en vez de indicar la salida de Europa.

En Colombia, las encuestas indicaban que ganaría el referéndum del sí a la paz, pero no fue así.

El caso es que las encuestas NO son estudios de prospectiva, mucho menos en materia electoral.

Los candidatos con los que competirá cada partido, la coyuntura política de la elección y el ánimo cambiante de los electores, no puede predecirse, por ninguna encuesta.

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